domingo, 1 de julio de 2012

Terapia

Tengo personalidad adictiva, lo confieso. Bueno quien me conoce sabe de sobra que esto es así. Si, cuando me da por algo, es que no puedo parar.

Me pasaba cuando fumaba, no creáis que no envidio a esa gente que es capaz de fumarse un cigarro o mil un día de juerga y luego volver a su normalidad y ni siquiera acordarse del tabaco. Los envidio muchísimo, porque yo o fumo o no fumo.

Si mastico chicle, no me conformo con uno, cuando al primero se le acaba el sabor me como otro y luego otro, después otro más, hasta que acabo con el paquete.

Los helados son mi debilidad, sería capaz de comerme dos o tres tarrinas al día, pero de las de medio litro, no es penséis que de las pequeñas.

Sabéis esas tortitas de maíz supuestamente dietéticas, si esas que saben a gusanitos, pues soy capaz de comerme un paquete en una sentá.

Con las pipas y frutos secos en general me ocurre lo mismo, no puedo parar.

Un momento, que me estoy dando cuenta de que todos los ejemplos menos el del tabaco estoy hablando de comida, ¿seré un comedor compulsivo? Intuyo que cualquier psicólogo/a o psiquiatra seguro que se forraría a mi costa.

Tengo el convencimiento de que esta gente (psicólogos, psiquiatras, terapeutas, etc) la mayoría de las veces se inventan las dolencias, traumas, frustraciones, enfermedades, trastornos y demás para poder seguir viviendo de su trabajo.

En eso es una de las cosas en las que estoy de acuerdo con mi padre, le he escuchado decir muchas veces que él no va al médico para que no le saquen lo que no tiene.

Conozco a gente que tiene "su terapeuta", es curioso como esto que hace unos años nos quedaba tan lejos, lo veíamos como algo casi mítico que salía sólo en las películas, se ha convertido en algo frecuente a nuestro alrededor.

Algunos de mis amigos "hacen" terapias. No estoy en contra, en absoluto. Creo que incluso a veces es necesario y beneficioso.

Lo que me preocupa es que perdamos la necesidad de abrirnos a la gente que nos rodea, que nos quiere y la sustituyamos por hacerlo ante un/a profesional que más allá de todas las particularidades de la terapia concreta que practique, básicamente se dedica a escuchar con atención.

Quizá os parezca un poco simplista, pero me aburro de tener conversaciones anodinas, sin relevancia, con amigos. Y me da pena y rabia pensar que esos amigos no sean capaces o no quieran abrirse a mi y que luego se gasten una pasta en terapia.

A veces tengo la sensación de que no conozco bien a mucha gente que me rodea y quiero conocer. Pero conocer de verdad, lo esencial: los deseos, sueños, miedos, aspiraciones, frustraciones, tristezas y alegrías.

Os cuento un secreto: siempre habrá alguien dispuesto a escucharnos, con calma, paciencia, ternura, crítica constructiva, sinceridad, confianza... y eso no se paga ni con todo el oro del mundo.

Aprovechaos y disfrutadlo.

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