Me resulta imposible no sentir indignación ante el desfile de sinvergüenzas, caraduras, ladrones y malnacidos que supuestamente nos gobiernan.
En los últimos tiempos me he hecho muchas veces la misma pregunta: ¿qué puedo hacer yo en todo este caos?
La respuesta no siempre es la misma, a veces pienso que lo mejor que podría hacer es emigrar, pero me resisto a pensar que la solución sea irme de mi sitio, de mi ciudad, de mi país, de mi tierra y de mi gente. Además, creo que sería una huida y estoy seguro que mi lugar (al menos de momento) está aquí, con mi gente.
Otras veces, los días más pesimistas, pienso que no puedo hacer nada. Que no está en mi mano poder cambiar nada de lo que ocurre. Rápidamente descarto estos pensamientos, ya que puedo ser muchas cosas, pero no un conformista y mucho menos derrotista.
En algunas ocasiones me planteo que ya hago lo suficiente, resistiendo, aguantando el chaparrón, que ya pasará, ... Tampoco esto me consuela, creo que siempre se puede hacer algo más.
Aunque si hay una idea que me viene a la mente de forma repetida últimamente, ésta es pasar a la acción directa, pelear con uñas y dientes, sacar toda la rabia acumulada y salir a las calles a quemarlas, a derramar la sangre de los culpables de esta estafa, a hacerles pagar lo que ellos nos están haciendo sufrir desde sus acomodados sillones, hacer mía la antigua máxima del ojo por ojo.
Es en este punto donde me siento inquieto, intranquilo y empiezo a preocuparme. Porque siempre he pensado que lo correcto es ser pacífico, no recurrir a la violencia. Cuando me descubro pensando en estos términos soy consciente de mis contradicciones; hace poco alguien me decía que nuestras contradicciones son precisamente lo que nos hace seres humanos.
Pues bien, hoy he leído un libro con escritos de Ghandi. Parece que mi subconsciente me hubiera llevado a leerlo justo en este momento de mi vida.
En sus palabras he (re)descubierto ideas tremendamente interesantes. No estoy de acuerdo con algunas de sus afirmaciones, aunque si coincido con la mayoría de ellas.
Realmente es tan sencillo.
Él llamaba a la no-violencia, a la desobediencia civil. Sus propuestas son totalmente válidas en nuestro tiempo. Creo que es tan necesario que dejemos de mirarnos nuestros propios ombligos, de autocompadecernos, de compararnos con el resto, de pelear entre nosotros, ...
Tenemos que despertar y ser plenamente conscientes de que con pequeños gestos, con pequeños pasos, podemos cambiar todo esto. Tenemos un gran poder y somos la mayoría.
Hoy viene a mi cabeza una de las máximas por las que intento regir mi vida: es mucho más aquello que nos une que lo que nos separa.
Estamos hechos del mismo material.
Luchemos, otro mundo, otra realidad, otro futuro y otro presente son posibles.
Se lo debemos a quienes vengan detrás.